

El apellido de mi madre es Simbaqueba. En la lengua muisca, designa a un hombre sabedor del cuerpo humano y de la medicina. En Europa se lo compararía con un chamán, aunque para los indígenas es visto más bien como un médico.
Tal vez debería comenzar por presentarme: decir mi nombre, mi profesión, mi estado civil… datos que en nuestra cultura son fundamentales para entender quiénes somos. En el marco de este proyecto, la carga simbólica de mi apellido materno resulta especialmente significativa: es portadora de cualidades, imaginarios y sentidos que me han sido transmitidos y que, al mismo tiempo, constituyen mi mayor motor.
Durante mucho tiempo no fui consciente del significado ni de la responsabilidad que implica llevar este nombre. En mi familia tampoco se hablaba de ello. Solo de adulta —y ya con dos hijos— comprendí su dimensión profunda.
Vivía por entonces en Bogotá, mi ciudad natal, cuando un día tomé un taxi. En Colombia, por razones de seguridad, todos los y las taxistas llevan una tarjeta de identificación visible para el pasajero.
Subí al taxi y de inmediato leí la tarjeta, que llamó mi atención de inmediato: llevaba mi mismo apellido. Le comenté al conductor que Simbaqueba también era mi apellido, y que era la primera vez en mi vida que encontraba a alguien que lo tuviera.
El taxista, un hombre mayor, se giró con una sonrisa y me dijo: “Nuestro apellido es uno de los últimos apellidos indígenas que aún se conservan, ¿sabe lo que eso significa?”. Sin esperar respuesta, comenzó a explicarme su significado.
Sus palabras despertaron en mí una emoción desconocida, una mezcla de alegría y orgullo que me dejó sin palabras. Sentí que mil preguntas se agolpaban en mi mente. Sin darme cuenta, ya habíamos llegado a destino, y ese instante mágico se desvaneció como el agua entre los dedos.
Él ya hablaba del valor de la carrera. Me sorprendió que no hubiéramos quedado atrapados en el tráfico, como suele ocurrir en Bogotá. No tuve tiempo de hacerle más preguntas sobre nuestro apellido. Bajé del taxi, y desde ese momento, soy consciente de mi origen como nunca antes lo había sido. Hoy , al pasar de los años, me siento más conectada que nunca con mi apellido indigena.
Después de cinco años , de haber llegado a Alemania, años en los que había estado completamente volcada en otros asuntos, cinco años en los que el proceso de integración, tanto psicológico como práctico, seguía su curso normal— me lancé al agua como emprendedora.
Entre 2008 y 2019 dediqué mucho tiempo a reflexionar sobre el sentido de la vida; una voz interior me lo preguntaba insistentemente, así como también me interrogaba sobre el sentido de la vida en Alemania. Sentí entonces que era necesario impulsar o desarrollar un proyecto social que ayudara a las comunidades indígenas en Colombia y las fortaleciera.
Sin embargo, en aquel momento no tuve mucho éxito. A lo largo de esos diez años, presenté tres solicitudes de financiación y comencé a establecer los primeros contactos con distintos grupos en Colombia.
Adelantando un poco en el tiempo, aunque aún no del todo al presente. Hace unos 15 años emigré a Alemania junto a mi entonces esposo, que era alemán, y mis dos hijos. En Colombia trabajaba como actriz y había estudiado diseño de interiores. Ya en Alemania, terminé trabajando como profesora de español.
Para ir al grano, llego ahora al aquí y al ahora: Soy Bachué es una empresa social que representa mis experiencias y mi capacidad de persistir.
Este proyecto ha logrado obtener el apoyo de la GIZ y encarna mi vínculo con la cultura indígena y, con ello, con mis raíces —raíces que un taxista desconocido despertó en mí hace muchos años.
Soy consciente de la responsabilidad que implica mi apellido, una responsabilidad que ahora asumo. Este modelo de negocio social es mi propósito de vida y deseo construir una comunidad en la que pueda confiar, para alcanzar juntas y juntos nuestro objetivo común.
WhatsApp us